| Entrevista a Claudio
Martini
En opinión de Claudio Martini, presidente de la Región
italiana de Toscana, Porto Alegre y Davos se miran; y en forma
indirecta, no declarada, se influyen mutuamente, en una interacción
que considera muy útil. En su intervención durante
el Foro de Autoridades Locales por la inclusión
Social, este representante dijo, que, a pesar de los peligros
inminentes de guerra, hay que insistir en las iniciativas
de impulso al desarrollo sostenible, la defensa de los derechos
humanos, y la democracia directa, porque es a través
de esos esfuerzos como se colabora en la consolidación
de la paz.
Martini piensa que en los jóvenes de hoy existen formas
de degradación cultural, de una cierta apatía,
de indiferencia e individualismo, pero reivindica la fuerza
de la vocación solidaria, del compromiso ambientalista
y pacifista que coexiste con las otras tendencias y convierte
las nuevas generaciones en un factor decisivo para enfrentar
los desafíos que el momento actual plantea.
¿Cuál es el sentido de la presencia de representantes
de ciudades y regiones italianas en este foro?
Venimos antes que nada para aprender, porque este debate
es muy interesante, abre perspectivas nuevas en el plaño
cultural y político, y la interrelación con
experiencias hechas en otros países desarrollados o
no, europeos o no, es siempre útil. Y venimos también
a transmitir el significado de nuestra experiencia. Yo veo
una fuerte presencia toscana más que italiana, porque
en nuestra región hay una tradición de atención
a los temas de la cooperación, los derechos humanos,
la reflexión crítica sobre la globalización,
que aquí tiene una sede natural, como la tuvo en Florencia
cuando se desarrolló el Foro Social Europeo. Porto
Alegre y Florencia están por lo tanto unidas por una
cierta forma de hermanamiento ideal, cultural y político.
Por eso participar en este foro es para nosotros un hecho
natural.
¿Son los mismos los temas en debate para todos los
participantes? ¿Son comparables por ejemplo las formas
que adopta la exclusión social y los efectos de la
globalización en los países desarrollados, con
las que asumen en los del Sur del mundo?
Los modos en que se plantea la exclusión social no
son los mismos en los países desarrollados, pero es
igual el velo de la injusticia, es igual el carácter
inhumano de estos procesos de exclusión. Nosotros tenemos
ahora planteado con fuerza el tema de la emigración
y los emigrantes, el tema de la desigualdad fuerte en las
ciudades entre áreas ricas y áreas pobres, el
tema de la inseguridad. Es cierto que no tenemos los problemas
de hambre y desocupación, hasta de explotación
de las personas que padecen los países del Sur. Entre
nosotros hay fenómenos de alienación cultural,
de soledad, de incertidumbre ante este desarrollo tan tumultuoso.
El sufrimiento es igual, lo diferente es la forma.
¿Sigue la ciudad siendo, a pesar de todo, un ámbito
válido para construir democracia, para defender la
diversidad y enfrentar la exclusión?
La ciudad es un recurso fundamental, porque es el lugar de
la convivencia, de la relación social, de la proyección
de lo nuevo. Aunque al hablar de ciudad no se da siempre una
idea exacta, porque no es lo mismo referirnos a Roma con sus
cuatro millones de personas y sus problemas que a una pequeña
ciudad toscana. A veces es en las pequeñas ciudades
donde se encuentra la capacidad de proyectar operaciones de
cooperación, de solidaridad, de inclusión social,
que son más difíciles en las grandes urbes.
Usted destacó en su intervención la inclusión
en la agenda del Foro Económico de Davos de algunos
puntos que responden a inquietudes expresadas por sectores
de la sociedad civil. ¿Cree que hay una comunicación,
que los protagonistas de este proceso de Porto Alegre y los
de Davos se escuchan y toman en cuenta?
Indudablemente. Yo creo que alguna forma de recíproca
influencia existe, quizás no directa, no declarada,
no explícita, pero el hecho que en el panel de Davos
comiencen a entrar temas que son más propios de nuestra
experiencia, o incluso que una persona como Lula venga a Porto
Alegre y luego vaya a Davos, testimonia que, a fin de cuentas,
no estamos aquí perdiendo el tiempo mientras allá
discuten el futuro del mundo. Son dos aproximaciones distintas,
muy distintas, en ciertos aspectos antitéticos, pero,
en un cierto momento, pueden encontrar espacios de contacto,
y esto creo que es muy útil.
¿Qué espacio cree usted que tienen las iniciativas
para enfrentar la exclusión y encontrar formas de participación
y solidaridad, para impulsar un desarrollo sostenible en un
momento en que las preocupaciones de todo el mundo se concentran
en el peligro inminente de una guerra de consecuencias impredecibles?
La relación entre paz y desarrollo sostenible no es
una relación en un único sentido. Se dice a
menudo que si no hay paz no es posible ocuparse de los problemas
de la sostenibilidad, de los derechos humanos, etc. Y esto
es en parte cierto. Pero hoy me interesa más la otra
parte de la relación, el hecho de que, a través
de experiencias de desarrollo sostenible, de derechos humanos,
de democracia directa, se colabora a la consolidación
de la paz. Porque la paz no es sólo la ausencia de
la guerra, es un proceso de acciones positivas, que crean
los anticuerpos a la cultura de la guerra. Porque no hay dudas
de que, detrás del comportamiento de Bush, hay un mensaje
cultural, una concepción cultural del mundo.
Se suele considerar que los jóvenes han sido ganados
por la uniformización propia de la globalización,
y que están lejanos a toda forma de participación
solidaria. ¿Cuál es a su juicio el papel de
las nuevas generaciones en este proceso de defensa de la paz
y búsqueda de un desarrollo más equitativo?
Creo que los jóvenes tienen un papel protagonista,
y como se ha visto en el último año, lo han
desempeñado. El 2002 ha sido un año de enormes
movilizaciones en todo el mundo, y no me refiero sólo
al Foro Social Europeo de Florencia. Hubo manifestaciones
por la paz en todo el mundo, que ya recomenzaron en este nuevo
año. Los jóvenes son siempre un elemento de
dinamización de la sociedad.
Es cierto que en los jóvenes de hoy encontramos formas
de degradación cultural, de una cierta apatía,
de indiferencia e individualismo. Pero también existían
estas cosas en el 68, o en el tiempo de los hipíes.
Coexisten en el universo juvenil dos dimensiones diferentes,
el hedonismo y la estetización banal, comercial, la
búsqueda de la camisa de marca como valor supremo,
y una fuerte impronta solidaria, el compromiso ambientalista,
el compromiso pacifista. Tenemos que ayudar a todos los jóvenes
a asumir un papel de protagonistas en este pasaje crucial
de nuestro tiempo.
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