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World Social Forum - Porto Alegre , January 26, 2003



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“La elección del presidente Lula debe ser interpretada como una gran victoria del pueblo brasileño sobre las arrogantes pretensiones de invisibles e irresponsables banqueros internacionales”.

La globalización deliberada de la deuda

Por Ann Pettifor (*)

El factor central de lo se conoce como "globalización" es la transformación de la economía global en una caracterizada por las deudas insostenibles en las cuales el sector financiero tiene un papel dominante.

Esta mudanza es el resultado consciente de acciones gubernamentales. Esta transformación se caracterizó por una explosión del crédito dirigida por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, así como por respetados banqueros centrales como Alan Greenspan, de Estados Unidos, y Edward George, del Reino Unido.

La venidera e inevitable "corrección" al ciclo del crédito representa una grave e inminente amenaza para la estabilidad de la economía global. Las actuales deudas pendientes de pago son estimadas en 100 billones de dólares, lo que es igual a tres veces el PBI mundial y por lo tanto resulta improbable que alguna vez sean pagadas, una situación que hará estragos en las vidas de miles de millones de personas.

En ese contexto, la campaña Jubileo 2000 fue extraordinariamente exitosa al colocar la crucial cuestión de la deuda soberana en las agendas políticas de los países del G8. Nuestro trabajo condujo a la cancelación de 34 mil millones de dólares en deudas y la promesa de más cancelaciones.

Actualmente, como un resultado de una licencia efectiva otorgada por los gobiernos, el sector financiero actúa como la aristocracia francesa lo hizo antes de la revolución. Sus miembros permanecen ocultos y sin asumir responsabilidades detrás de los muros invisibles de los "mercados de capital" protectores de privilegios y riquezas.

Eso no impide a los que actúan en esos mercados intentar, por ejemplo, dictar el resultado de elecciones democráticas como las recientes de Brasil. La elección del presidente Lula debe ser interpretada, entonces, como una gran victoria del pueblo brasileño sobre las arrogantes pretensiones de invisibles e irresponsables banqueros internacionales, acreedores e inversores.

Desafortunadamente, dado que el sector financiero es, en su conjunto, invisible, no concita el oprobio habitualmente asociado a las actividades de un sector más pequeño y más productivo de la economía global, el de las grandes corporaciones.

Aunque las grandes corporaciones transnacionales dañan el ambiente, no respetan los derechos humanos e intensifican la explotación de la tierra y de los trabajadores, son una parte relativamente pequeña de una economía global ahora dominada por el sector financiero que, desde nuestro punto de vista plantea una amenaza mucho mayor para la humanidad y el ambiente. Además, aunque pueden causar daños, las grandes corporaciones por lo menos producen bienes y servicios. El sector financiero, en su totalidad, es en cambio un negocio improductivo que hace dinero del dinero.

Los gobiernos occidentales han sido y son aún la verdadera fuerza conductora detrás de la liberalización financiera. Los dirigentes angloamericanos se vieron motivados para embarcarse en el proyecto de "globalización", como ha indicado con argumentos convincentes el economista canadiense Eric Helleiner, por la expansión del déficit comercial estadounidense en los años 60 y 70. Ello condujo a decisiones premeditadas de los gobiernos de Estados Unidos y del Reino Unido en cuanto a eliminar los controles sobre los movimientos de capital.

El déficit comercial de Estados Unidos debía ser financiado y Washington estaba determinado a financiarlo sin bajar los niveles de vida o sin ceder su autonomía a acreedores extranjeros, o sea sin ejecutar los "ajustes estructurales" que son impuestos a muchos países pobres. Para hacer tal cosa, debieron ser levantados los controles al capital, de modo que Estados Unidos pudiera acceder a los mercados de capital exteriores. La City de Londres, respaldada por el gobierno británico, se sintió muy feliz de actuar como intermediaria en la financiación del déficit estadounidense, primero a través del mercado "sin patria" de eurodólares con sede en Londres, un mercado creado cuidadosamente por representantes elegidos de dos de los estados más poderosos del mundo.

Hoy en día, la deuda externa acumulada de Estados Unidos es igual a 2 billones 200 mil millones de dólares y puede ser sostenida solamente mediante la movilización cada día del año de cuatro mil millones de dólares de ahorros extranjeros.

El déficit estadounidense es un poderoso símbolo de lo que está mal con la "globalización" y con los desequilibrios causados por un atracón de créditos, un consumo excesivo y deudas asociadas a todo ello. Esas deudas están ya provocando estragos en gobiernos de países pobres, en grandes corporaciones (como Enron y WorldCom) y en millones de familias y de individuos. Es vital que la sociedad civil occidental capte esta realidad y acepte su responsabilidad por las decisiones de los gobiernos que la han conformado.

Sobre todo deberíamos estar preparados para enfrentar la degradación económica, ambiental y social asociada con la destrucción de la "burbuja del crédito", en particular con el comienzo de un período de depresión y deflación extendidas. Sin embargo, no podremos hacerlo si nuestro análisis de las fuerzas en juego en la economía global resulta equivocado.

Ante todo deberíamos estar preparados para moldear la alternativa: un mundo en el cual el sector financiero y los mercados en general estén de nuevo subordinados a prioridades ambientales, sociales y políticas establecidas local y democráticamente, un mundo en el cual los gobiernos y su gente recuperen el derecho a la autonomía y a una autodeterminación sostenible.

(*) Ann Pettifor, economista británica, directora de Jubilee Research y ex directora de la coalición Jubileo 2000.


 

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