| “La elección del presidente Lula
debe ser interpretada como una gran victoria del pueblo brasileño
sobre las arrogantes pretensiones de invisibles e irresponsables
banqueros internacionales”.
La globalización deliberada de la deuda
Por Ann Pettifor (*)
El factor central de lo se conoce como "globalización"
es la transformación de la economía global en
una caracterizada por las deudas insostenibles en las cuales
el sector financiero tiene un papel dominante.
Esta mudanza es el resultado consciente de acciones gubernamentales.
Esta transformación se caracterizó por una explosión
del crédito dirigida por el Fondo Monetario Internacional
(FMI) y el Banco Mundial, así como por respetados banqueros
centrales como Alan Greenspan, de Estados Unidos, y Edward
George, del Reino Unido.
La venidera e inevitable "corrección" al
ciclo del crédito representa una grave e inminente
amenaza para la estabilidad de la economía global.
Las actuales deudas pendientes de pago son estimadas en 100
billones de dólares, lo que es igual a tres veces el
PBI mundial y por lo tanto resulta improbable que alguna vez
sean pagadas, una situación que hará estragos
en las vidas de miles de millones de personas.
En ese contexto, la campaña Jubileo 2000 fue extraordinariamente
exitosa al colocar la crucial cuestión de la deuda
soberana en las agendas políticas de los países
del G8. Nuestro trabajo condujo a la cancelación de
34 mil millones de dólares en deudas y la promesa de
más cancelaciones.
Actualmente, como un resultado de una licencia efectiva otorgada
por los gobiernos, el sector financiero actúa como
la aristocracia francesa lo hizo antes de la revolución.
Sus miembros permanecen ocultos y sin asumir responsabilidades
detrás de los muros invisibles de los "mercados
de capital" protectores de privilegios y riquezas.
Eso no impide a los que actúan en esos mercados intentar,
por ejemplo, dictar el resultado de elecciones democráticas
como las recientes de Brasil. La elección del presidente
Lula debe ser interpretada, entonces, como una gran victoria
del pueblo brasileño sobre las arrogantes pretensiones
de invisibles e irresponsables banqueros internacionales,
acreedores e inversores.
Desafortunadamente, dado que el sector financiero es, en
su conjunto, invisible, no concita el oprobio habitualmente
asociado a las actividades de un sector más pequeño
y más productivo de la economía global, el de
las grandes corporaciones.
Aunque las grandes corporaciones transnacionales dañan
el ambiente, no respetan los derechos humanos e intensifican
la explotación de la tierra y de los trabajadores,
son una parte relativamente pequeña de una economía
global ahora dominada por el sector financiero que, desde
nuestro punto de vista plantea una amenaza mucho mayor para
la humanidad y el ambiente. Además, aunque pueden causar
daños, las grandes corporaciones por lo menos producen
bienes y servicios. El sector financiero, en su totalidad,
es en cambio un negocio improductivo que hace dinero del dinero.
Los gobiernos occidentales han sido y son aún la verdadera
fuerza conductora detrás de la liberalización
financiera. Los dirigentes angloamericanos se vieron motivados
para embarcarse en el proyecto de "globalización",
como ha indicado con argumentos convincentes el economista
canadiense Eric Helleiner, por la expansión del déficit
comercial estadounidense en los años 60 y 70. Ello
condujo a decisiones premeditadas de los gobiernos de Estados
Unidos y del Reino Unido en cuanto a eliminar los controles
sobre los movimientos de capital.
El déficit comercial de Estados Unidos debía
ser financiado y Washington estaba determinado a financiarlo
sin bajar los niveles de vida o sin ceder su autonomía
a acreedores extranjeros, o sea sin ejecutar los "ajustes
estructurales" que son impuestos a muchos países
pobres. Para hacer tal cosa, debieron ser levantados los controles
al capital, de modo que Estados Unidos pudiera acceder a los
mercados de capital exteriores. La City de Londres, respaldada
por el gobierno británico, se sintió muy feliz
de actuar como intermediaria en la financiación del
déficit estadounidense, primero a través del
mercado "sin patria" de eurodólares con sede
en Londres, un mercado creado cuidadosamente por representantes
elegidos de dos de los estados más poderosos del mundo.
Hoy en día, la deuda externa acumulada de Estados
Unidos es igual a 2 billones 200 mil millones de dólares
y puede ser sostenida solamente mediante la movilización
cada día del año de cuatro mil millones de dólares
de ahorros extranjeros.
El déficit estadounidense es un poderoso símbolo
de lo que está mal con la "globalización"
y con los desequilibrios causados por un atracón de
créditos, un consumo excesivo y deudas asociadas a
todo ello. Esas deudas están ya provocando estragos
en gobiernos de países pobres, en grandes corporaciones
(como Enron y WorldCom) y en millones de familias y de individuos.
Es vital que la sociedad civil occidental capte esta realidad
y acepte su responsabilidad por las decisiones de los gobiernos
que la han conformado.
Sobre todo deberíamos estar preparados para enfrentar
la degradación económica, ambiental y social
asociada con la destrucción de la "burbuja del
crédito", en particular con el comienzo de un
período de depresión y deflación extendidas.
Sin embargo, no podremos hacerlo si nuestro análisis
de las fuerzas en juego en la economía global resulta
equivocado.
Ante todo deberíamos estar preparados para moldear
la alternativa: un mundo en el cual el sector financiero y
los mercados en general estén de nuevo subordinados
a prioridades ambientales, sociales y políticas establecidas
local y democráticamente, un mundo en el cual los gobiernos
y su gente recuperen el derecho a la autonomía y a
una autodeterminación sostenible.
(*) Ann Pettifor, economista británica, directora
de Jubilee Research y ex directora de la coalición
Jubileo 2000.
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